Ayer fui a La Casa Encendida a ver
“El muro más grande del mundo”, un documental de Javier Bauluz. Me gusta su forma de ver el mundo, y pensé que el documental analizaría
la cuestión de las migraciones desde lo humano, desde la vivencia personal. O quizás no pensé tanto y todo esto lo pienso ahora, que tengo la perspectiva de lo que (me) pasó después. Pero ayer, antes de sentarme frente a la pantalla, yo esperaba un documental interesante y en ningún momento me defraudó. Durante la proyección me conmoví con las historias personales que nos acercaban a la otra cara de lo que acá son noticias bastante habituales en el verano, y que terminan por no sorprendernos. Bueno, siempre impacta, pero cuando uno ve las noticias, no siempre piensa en todo el proceso que los trae hasta aquí. Ayer, en la película, el foco estaba en África, y no en Europa. Qué los impulsa a decid/irse, qué cuentan los familiares –que los han perdido para siempre- que les decían antes de que se fueran, cómo angustia la pérdida del cuerpo y la imposibilidad del luto, cómo afecta a la economía familiar esa partida que de pronto es partir de la vida.